¿Cuántas veces has tomado una decisión no porque fuera la mejor, sino porque ya no querías seguir sintiéndote incómodo?
Hace poco, durante una sesión de coaching, un cliente me compartió que estaba convencido de que lo iban a despedir.
Tenía una reunión importante y, aunque todavía no sabía qué iba a pasar, en su cabeza ya había construido toda la historia.
Qué le iban a decir, cómo iba a reaccionar, qué pasaría después, cómo cambiaría su vida.
Llevaba días viviendo con estrés, ansiedad y preocupación por algo que todavía no había sucedido.
Y aquí viene algo que me parece muy interesante: a veces sufrimos más por lo que imaginamos que por lo que realmente está pasando porque para nuestro cuerpo y mente lo que imaginamos es real.
Nuestra mente tiene una capacidad increíble para anticipar escenarios. Es parte de cómo intentamos protegernos y prepararnos para lo que viene.
El problema empieza cuando confundimos lo que podría pasar con lo que ya está pasando.
Porque aunque la situación todavía no sea real, las emociones que genera sí lo son.
Tu mente se adelanta y tu cuerpo paga las consecuencias
Cuando anticipamos una situación amenazante, nuestro sistema nervioso puede activar una respuesta de estrés.
El corazón se acelera, los músculos se tensan, cambia nuestra respiración y podemos tener dificultades para dormir o concentrarnos.
Es decir, nuestro cuerpo puede reaccionar ante una amenaza imaginada de la misma manera a como reaccionaría ante una amenaza real.
En el caso de mi cliente, todavía no sabíamos si realmente perdería su trabajo, pero él ya llevaba varios días viviendo las consecuencias emocionales y físicas de esa posibilidad.
Y esto no sucede únicamente cuando pensamos que nos van a despedir.
Pasa cuando imaginamos una conversación difícil con nuestra pareja, cuando anticipamos que un proyecto va a fracasar, cuando creemos que alguien está molesto con nosotros o cuando pensamos que una junta va a salir mal.
Nos adelantamos tanto que terminamos viviendo situaciones que quizá nunca ocurran.
El problema no siempre es la situación, sino la prisa por salir de ella
Durante esa conversación con mi cliente surgió otro tema que me parece todavía más importante.
¿Qué pasa cuando finalmente llega ese momento que tanto temíamos?
Muchas veces queremos que termine lo antes posible.
Nos incomoda el silencio, la incertidumbre, no saber qué responder o sentir que no tenemos el control.
Y entonces aceleramos.
Respondemos sin escuchar completamente. Aceptamos cosas sin pensarlas. Decimos algo que realmente no queríamos decir o tomamos decisiones que, unas horas después, vemos de manera diferente.
No necesariamente porque no sepamos decidir, sino porque queremos dejar de sentirnos incómodos y salir corriendo de ese momento.
Aquí está la diferencia que me interesa compartir.
Una cosa es tomar una decisión porque realmente creemos que es la mejor.
Otra muy distinta es tomarla porque queremos escapar de lo que estamos sintiendo.
La incomodidad puede hacernos confundir urgencia emocional con urgencia real.
No todo necesita una respuesta inmediata
Regresando al caso de mi cliente, trabajamos en algo muy sencillo: cómo quería llegar a esa reunión.
No podíamos controlar lo que le iban a decir, pero sí podíamos trabajar en cómo se preparaba para escuchar y responder.
Le propuse llegar sin dar por hecho lo que iba a suceder.
Escuchar antes de interpretar.
Respirar antes de responder.
Y, sobre todo, recordar que no tenía que resolverlo absolutamente todo en ese momento.
Porque hay algo que muchas veces no nos permitimos hacer: tomarnos tiempo.
Decir:
Necesito pensarlo.
Déjame revisar lo que me estás diciendo.
Prefiero darte una respuesta mañana.
Quiero entender bien antes de tomar una decisión.
Parece sencillo, pero cuando estamos frente a una situación incómoda, hacer una pausa puede sentirse mucho más difícil que reaccionar.
Y esa pausa puede cambiar por completo nuestra respuesta.
Aprender a estar incómodos también es parte de crecer
En coaching trabajo mucho con la autoconciencia, porque considero que una de las herramientas más valiosas que podemos desarrollar es reconocer qué nos está pasando antes de actuar.
Entender cuándo estamos respondiendo desde el miedo, desde la presión, desde el enojo o desde la necesidad de tener todo bajo control.
No se trata de eliminar esas emociones. Son parte de nosotros y tienen una función.
Se trata de reconocerlas para que no sean las únicas que dirijan nuestras decisiones.
Esto aplica tanto en nuestra vida personal como en el trabajo.
Un líder que recibe una crítica inesperada puede reaccionar a la defensiva o tomarse unos segundos para entenderla.
Una persona que enfrenta un cambio importante puede apresurarse a encontrar una solución o darse espacio para evaluar sus opciones.
Y alguien que está atravesando una conversación difícil puede intentar terminarla rápidamente o aprender a permanecer presente, incluso cuando lo que escucha no es lo que esperaba.
La capacidad de tolerar la incomodidad nos permite responder con mayor claridad, en lugar de simplemente reaccionar.
La pausa también es una decisión
No sé qué va a pasar con mi cliente. Quizá lo despidan, quizá no.
Lo que sí sé es que anticipar constantemente el peor escenario no cambia el resultado, pero puede hacer mucho más difícil el camino.
Y también sé que no todas las situaciones incómodas necesitan una solución inmediata.
A veces necesitamos escuchar más, pensar mejor, respirar y permitirnos unos minutos, unas horas o incluso un día antes de responder.
Porque la vida va a seguir poniéndonos frente a conversaciones difíciles, decisiones importantes y momentos de incertidumbre.
No podemos evitar toda esa incomodidad.
Pero podemos aprender a no salir corriendo de ella.
Al final, no siempre decidimos mal por falta de información. A veces decidimos mal por las ganas que tenemos de que el momento incómodo termine.
Y aprender a hacer una pausa puede ser la diferencia entre reaccionar para escapar y responder porque realmente sabemos qué queremos hacer.