Tus metas no fallan, tú te estás evitando.
Enero llega con la misma intensidad de siempre.
Agenda nueva.
Lista limpia.
Propósitos ambiciosos.
Y, sin embargo, algo dentro de ti no se siente alineado.
No estás emocionado.
No estás claro.
Solo… estás.
No es flojera.
No es falta de motivación.
Es otra cosa…
El problema no son las metas
Nos enseñaron que las metas son la solución universal.
¿Te sientes perdido? Ponte objetivos.
¿Estás incómodo? Planea más.
¿Cansado? Cambia de rutina.
Pero hay algo que casi nunca se dice:
hay momentos de la vida en los que las metas no empujan, estorban.
Cuando estás en transición, personal, profesional, emocional, cuando una identidad ya no encaja (la del puesto, la del rol, la del “así soy”), ponerte más metas no te mueve. Te fragmenta, te rompe, te estorba.
Lo veo constantemente en personas brillantes y responsables.
Funcionan. Cumplen. Entregan resultados.
Pero por dentro están en piloto automático.
Enero no falla por falta de disciplina
Llega el año nuevo y aparece el guion conocido:
“Ahora sí voy a cambiar.”
“Ahora sí voy a enfocarme.”
“Ahora sí voy a ser disciplinado.”
Y no funciona.
No porque no puedas.
Sino porque estás intentando avanzar sin antes hacer duelo.
Duelo por una versión que ya no eres.
Duelo por una carrera que dio frutos, pero ya no energía.
Duelo por una narrativa que funcionó… hasta ahora.
Eso no se resuelve con un planner nuevo.
El cuerpo sabe antes que la mente
Antes de que puedas explicarlo, el cuerpo ya lo está diciendo:
– cansancio extraño
– falta de claridad
– dificultad para decidir
– sensación de “no quiero esto, pero tampoco sé qué sí quiero”
Cuando el sistema nervioso está en alerta constante, el cuerpo prioriza sobrevivir, no crear.
Por eso cuesta visualizar, planear, comprometerse.
Primero seguridad.
Luego claridad.
Después acción.
Ese orden importa.
El error real
El error no es no cumplir propósitos.
El error es forzarte a definir un futuro cuando tu presente pide ser escuchado.
No todo enero es para empujar.
Algunos son para cerrar, regular y soltar.
Este año, antes de preguntarte “¿qué quiero lograr?”, prueba con estas otras preguntas:
¿Qué ya no quiero seguir sosteniendo?
¿Dónde estoy empujando cuando en realidad necesito soltar?
¿Qué parte de mí está pidiendo transición, no disciplina?
Ahí empieza el movimiento real.
Las metas no se fuerzan
Cuando haces este trabajo previo, algo cambia.
Las metas dejan de ser un parche para la incomodidad.
Y se convierten en consecuencia.
No es falta de ambición.
Es inteligencia energética.
Moverte, sí.
Pero desde un lugar que ya sea verdad.