El famoso síndrome del impostor en las mujeres
A lo largo de mi vida he conocido a muchas mujeres brillantes tanto en mi vida profesional como en lo personal. Mujeres preparadas, inteligentes, fuertes, trabajadoras, con empatía, intuitivas. Mujeres que lideran equipos, familias, que sostienen empresas y tomas desiciones todos los días.
Y aun así, muchas veces escucho las mismas frases:
“Todavía siento que no estoy lista”; “No me siento segura”; “No voy a poder”; “No soy tan inteligente”.
Eso tiene nombre: síndrome del impostor.
Es esa sensación incómoda de pensar que, en el fondo, no eres tan capaz como los demás creen, que tu éxito fue suerte, que en cualquier momento alguien va a darse cuenta de que “no sabes tanto”.
Y lo más interesante es que no aparece en personas poco preparadas.
Aparece justamente en las más capaces.
Este fenómeno fue identificado por primera vez en 1978 por las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes, quienes observaron que muchas mujeres con alto rendimiento académico y profesional tenían una percepción profundamente distorsionada de su propio talento.
La evidencia de esto se ve claramente en el mundo laboral.
Un estudio interno de Hewlett-Packard, posteriormente analizado por Harvard Business Review, mostró una diferencia muy clara en procesos de selección:
Los hombres aplican a un puesto cuando cumplen aproximadamente 60% de los requisitos.
Las mujeres suelen aplicar solo cuando sienten que cumplen casi el 100%.
No es una diferencia menor.
Es la diferencia entre levantar la mano o quedarse esperando.
Otro patrón también aparece constantemente.
Investigaciones publicadas en Harvard Business Review muestran que las mujeres tienden a atribuir sus logros a factores externos: suerte, ayuda del equipo, haber estado en el lugar correcto en el momento correcto.
Mientras tanto, los hombres tienden a atribuir los mismos resultados a su propia capacidad.
Esa narrativa interna cambia completamente la forma en que una persona se presenta en una entrevista, negocia un salario o se posiciona en una empresa.
Pero hay algo más profundo detrás.
Muchas mujeres han crecido con múltiples expectativas al mismo tiempo: ser buenas profesionistas, buenas madres, buenas hijas, buenas parejas, buenas amigas. Sostener distintos roles con una enorme responsabilidad emocional y hacerlo a la perfección.
Y en ese contexto, es común que la autoexigencia se vuelva altísima.
Nunca parece suficiente.
Siempre falta algo más para sentirse realmente “lista”.
Lo curioso es que cuando trabajamos esto en coaching, muchas veces aparece algo muy claro: la evidencia de su capacidad está por todos lados.
Logros, resultados, reconocimiento de los demás, proyectos exitosos, equipos que crecen.
Pero la narrativa interna sigue siendo más dura que la realidad.
Y eso termina afectando decisiones importantes: aceptar o no una oportunidad, levantar la mano para liderar algo nuevo, negociar mejores condiciones o incluso cambiar de rumbo profesional.
El síndrome del impostor no desaparece con más títulos ni con más experiencia.
Desaparece cuando la persona empieza a observar su propia historia con más objetividad, hacer conciencia de lo que realmente está sucediendo, en la mayoría de los casos se necesita ayuda externa, alguien que nos ayude a ver lo evidente que nosotros no estamos pudiendo ver.
Ver los hechos.
Ver los resultados.
Y empezar a reconocer algo que ha estado ahí todo el tiempo pero no hemos sido capaces de ver.
La capacidad ya existe.
Solo que no siempre somos los primeros en creérnosla y no sólo aplica a mujeres, esto aplica para todos y todas.