No se te olvide vivir
Vivimos como si la vida real fuera a empezar después.
Después de resolver ese problema, después de bajar el estrés, después de cambiar de trabajo, después de que los hijos crezcan, después de sentirnos mejor, después de tener más tiempo, después de que por fin “se acomoden las cosas”.
Y en ese después, se nos va la vida…
Se nos va sin hacer ruido; No siempre en una tragedia, a veces se va en lo más cotidiano: en una comida contestando mensajes, en una conversación a medias, en un café que ni supiste a qué sabía, en un abrazo dado con prisa o no dado, en una tarde cualquiera que parecía irrelevante y que, en realidad, era vida.
Creo que muchos vivimos así más tiempo del que queremos aceptar, funcionando, resolviendo, cumpliendo, haciendo lo que toca y eso, visto desde fuera, hasta se ve bien. Personas responsables, productivas, fuertes, ocupadas, pero por dentro, muchas veces hay otra realidad: estamos tan enfocados en sostener todo, que se nos olvida habitarlo.
Ese es el problema con vivir siempre en “cuando pase esto voy a…” parece una forma de esperanza, pero muchas veces es solo una forma de postergar la vida.
Postergamos descansar, postergamos disfrutar, postergamos agradecer, postergamos llamar a alguien, postergamos estar presentes, como si vivir de verdad fuera un premio que llega cuando ya terminaste de resolverlo todo.
Pero la vida no funciona así.
Nunca está todo resuelto, nunca llega ese punto mágico en el que desaparecen los pendientes, las dudas, los miedos, las incomodidades. Siempre hay algo, siempre hay una preocupación, una meta nueva, un tema por atender, una versión de ti que quiere mejorar algo, si esperas a que todo esté perfecto para darte permiso de vivir, te vas a quedar esperando.
Y además hay otra trampa: solemos habitar dos lugares que nos quitan por completo del presente: El pasado y el futuro.
Vivir demasiado en el pasado genera estancamiento y no porque recordar sea malo, recordar es humano, revisar lo vivido ayuda, aprender de lo que pasó es necesario. El problema empieza cuando no solo recordamos: nos quedamos a vivir ahí, cuando seguimos dándole vueltas a lo que salió mal, a lo que perdimos, a lo que debimos haber dicho, a la versión de nosotros que ya no existe. Hay personas que siguen peleándose por dentro con algo que pasó hace años, siguen cargando una conversación vieja, una culpa vieja, una herida vieja y desde ahí intentan vivir el presente.
Así no se puede avanzar ligero.
El pasado enseña, pero no puede convertirse en casa, porque cuando vives mirando hacia atrás, lo que tienes enfrente se empieza a desdibujar, la energía se va a sostener algo que ya fue, y aunque el cuerpo esté aquí, una parte de ti sigue atrapada allá.
El otro extremo es vivir en el futuro y eso genera ansiedad, porque la mente cree que adelantarse le va a dar control, se va a lo que sigue, a lo que podría pasar, a lo que falta, a lo que hay que prever para no equivocarse. ¿Y si no sale?, ¿Y si me arrepiento?, ¿Y si algo cambia?, ¿Y si no estoy listo? Ese diálogo interno se siente útil, como si estuvieras preparándote, pero muchas veces no te prepara: te acelera. te tensa, te desconecta del momento que sí existe.
La ansiedad tiene mucho de eso: una mente que vive demasiado tiempo en escenarios que todavía no pasan, y mientras estás allá, intentando controlar lo incierto, te pierdes el único lugar donde la vida de verdad está ocurriendo: aquí y ahora.
El presente no siempre es espectacular, casi nunca, de hecho y quizá por eso lo subestimamos tanto. Queremos grandes momentos, señales, certezas, algo que nos diga “ahora sí”. Pero la vida no está hecha solo de momentos extraordinarios, está hecha, sobre todo, de días normales, de rutinas, de pausas pequeñas de conversaciones cotidianas, de gente que está hoy y mañana no sabes si estará, de etapas que parecen eternas y un día se acaban.
Eso es lo que tantas veces se nos olvida.
Disfrutar la vida no significa vivir negando la realidad, no significa ser irresponsable, no significa dejar de planear o de cuidar el futuro. Significa algo mucho más simple y mucho más difícil: estar aquí mientras estás aquí.
Estar en una comida realmente comiendo.
Estar con una persona realmente escuchando.
Estar en tu trabajo sin correr mentalmente al siguiente pendiente cada segundo.
Estar con tus hijos sin sentir que siempre estás dividido.
Estar en tu casa sin vivir solo para la lista infinita de cosas por hacer.
Estar en una etapa sin querer saltar a la siguiente.
Estar requiere conciencia, requiere frenar, requiere darte cuenta de cuántas veces estás físicamente en un lugar y mentalmente en otro.
También pasa muchísimo en el trabajo. Hay personas que viven esperando el siguiente puesto, la siguiente venta, el siguiente cierre, la siguiente meta, las próximas vacaciones. Y cuando por fin llega eso que tanto querían, tampoco lo disfrutan, porque ya están pensando en lo siguiente. Nunca llegan de verdad a ningún lugar, siempre están en tránsito, siempre en modo resolución, siempre intentando ganar tiempo, como si la vida estuviera aparte.
Pero no está aparte.
La vida no sucede después del trabajo, después del éxito, después del caos o después de la claridad. Sucede en medio, en lo imperfecto, en lo incompleto, en los días buenos y en los días malos, e una etapa confusa, en una sobremesa, en una caminata, en una llamada inesperada, en el cefé de la mañana, en algo tan pequeño como darte cuenta de que hoy estás aquí y eso, aunque lo demos por hecho, ya es muchísimo.
Hay algo incómodo en aceptar esto: no sabemos qué va a pasar, no sabemos cuánto dura una etapa, una relación, una oportunidad, una versión de nosotros mismos. No sabemos cuándo cambia todo, y no, no se trata de vivir con miedo, se trata de vivir con conciencia.
Porque cuando entiendes que nada está garantizado, dejas de aplazar tanto, dejas de actuar como si siempre hubiera otro momento idéntico esperando después, dejas de vivir en automático. Empiezas a mirar con más atención, agradecer con más honestidad, disfrutar sin tanta culpa, estar más presente en lo que sí tienes, en vez de vivir consumido por lo que te falta.
Eso no elimina el dolor, no elimina la incertidumbre, no elimina los problemas. Pero sí cambia la manera en la que atraviesas la vida, la hace más real, más tuya, enos administrada y más vivida.
A veces creemos que vivir el presente es una idea muy obvia, hasta que un día te das cuenta de que llevabas meses o años funcionando en piloto automático, cumpliendo, corriendo, y ahí entiendes.
No se te olvide vivir.
No se te olvide que un día común también cuenta.
No se te olvide que lo que hoy te parece normal un día lo vas a extrañar.
No se te olvide que estar presente también es una decisión.
No se te olvide que la vida no empieza cuando todo esté resuelto.
Empieza aquí.
No dejes que se te vaya la vida…