¿Has sentido que te diluyes en “tu rol”?

¿En qué momento tu rol se convirtió en toda tu identidad?

Me inspiré en que ayer fue el Día de las Madres, quizá uno de los roles donde más pasa esto, pero también podemos hablar de paternidad, liderazgo, éxito o cualquier rol que ocupes en tu vida y cómo poco a poco puedes ir perdiéndote dentro de él.

Un rol te da estructura, propósito, identidad, dirección… pero no debería definir completamente quién eres ni absorberte al punto de desconectarte de tu esencia, tus valores o tu personalidad.

Si eres mamá, todo gira alrededor de tus hijos.
Si eres directivo, la empresa empieza a ocupar cada espacio mental de tu vida.
También puedes ser esa persona que sostiene emocionalmente a todos los que la rodean, el hijo perfecto, el que resuelve, el fuerte, el responsable.

Y de repente llevas tanto tiempo viviendo para cumplir ese rol que ya no sabes muy bien quién eres fuera de él.

Creo que muchas personas se van a identificar con esta sensación aunque nunca la hayan externado o incluso concientizado:
estar funcionando todo el tiempo, pero sintiéndote desconectado de ti.

Vivir en piloto automático.
Extrañar quién eras.
Sentir como si hubiera una parte dentro de ti esperando espacio para volver a existir.

Y eso sí… ante los demás pareciera que todo está perfecto.
Tu familia, tu empresa, tu trabajo, todo funciona.
Cumples, respondes, a todo llegas.

Pero cada vez te sientes más lejos de ti mismo.

Es una frustración extraña la que aparece cuando un rol empieza a tomar toda tu identidad, porque empiezas a perder espacio para expandirte, crear, explorar nuevas versiones de ti o incluso simplemente descansar.

Y aquí también aparece la culpa.
Porque pareciera que pensar en ti significa abandonar a los demás, sobre todo en culturas donde se admira tanto el sacrificio y la sobreentrega.

Yo te voy a hablar de lo caro que puede salir perderte por completo dentro de tu rol.

Empiezas a perder energía, curiosidad, creatividad, individualidad, espacios propios, capacidad de emocionarte, motivación e incluso intuición, esa capacidad de escucharte y saber qué necesitas o qué quieres.

Y el cuerpo habla.

Te sientes agotado, ansioso, vacío… sobreviviendo en lugar de viviendo.

Ahora, lo que yo recomiendo cuando te sientes así, y lo he vivido yo misma, es primero reconocerlo, darte cuenta y no tener miedo de entrar en momentos de introspección.

Empezar a preguntarte:
¿qué necesito yo?
¿qué quiero volver a hacer que antes disfrutaba?
¿qué partes de mí he dejado olvidadas?

Descansar sin culpa.
Poner límites.
Volverte a conocer.
Aprender a caerte bien otra vez.
Disfrutar tu propia compañía.

Porque volver a ti no es egoísmo, es regresar a tu centro.

Siguiente
Siguiente

El poder de las palabras…piénsalo antes de decirlo