Cuando una pieza cambia, todo se mueve

La vida está llena de experiencias y algunas tienen la capacidad de transformarnos por completo. A veces ocurre de manera visible, un cambio de trabajo, una separación, una mudanza o un ascenso, otras veces sucede en silencio.

Voy a hablar de las segundas, desde afuera parece que nada cambió. La persona sigue llegando a la misma oficina, se sienta en la misma silla, convive con las mismas personas y aparece en las mismas fotos familiares. Todo parece igual, pero por dentro algo se movió.

Quizá atravesó una enfermedad, perdió a alguien importante o pasó meses cuestionando una forma de vivir que durante años le pareció normal. Tal vez llegó a un punto en el que ya no podía seguir siendo la misma persona.

Hay momentos en la vida en los que algo se rompe, algo se acomoda o simplemente despierta, después de estas experiencias resulta difícil volver a ver el mundo como antes.

Lo curioso es que estas transformaciones suelen vivirse en soledad, nadie puede hacer ese recorrido por nosotros, nadie es testigo de todas las conversaciones que tenemos con nosotros mismos, los miedos que aparecen, las preguntas que nos hacemos o las conclusiones a las que llegamos después de una experiencia que nos marca. Y sin embargo, los efectos rara vez se quedan únicamente en quien los vive.

Porque aunque nos gusta pensar que actuamos de manera independiente, la realidad es que vivimos conectados, formamos parte de familias, equipos, empresas, grupos de amigos, sistemas que llevan años construyendo formas de relacionarse, de comunicarse y de funcionar.

Por eso solemos pensar que los cambios importantes ocurren cuando todos se ponen de acuerdo, tienen una conversación pendiente o toman una decisión colectiva. Pero la mayoría de las veces no sucede así, basta con que una sola pieza deje de ocupar el lugar que ocupaba para que todo lo demás empiece a reorganizarse.

La persona que siempre resolvía todo deja de hacerlo, la que evitaba los conflictos empieza a decir lo que piensa, la que cargaba responsabilidades ajenas decide soltarlas, la que llevaba años buscando aprobación descubre que ya no la necesita de la misma manera.

Y entonces algo comienza a moverse.

No necesariamente de forma muy visible, la mayoría de las veces son cambios pequeños, una conversación distinta, un límite nuevo, una reacción que ya no aparece, una responsabilidad que vuelve a quien realmente le corresponde. Desde afuera pueden parecer detalles, pero el sistema los siente.

Lo más interesante es que muchas veces el resto ni siquiera sabe qué ocurrió, no conocen la conversación que tuviste, no estuvieron presentes en una sesión de terapia, no saben lo que sentiste durante una noche de insomnio ni las preguntas que llevas meses haciéndote pero aun así perciben el cambio.

Tal vez porque las familias, los equipos y las organizaciones se parecen más a organismos vivos de lo que imaginamos, cada una de sus partes tiene vida propia, pero ninguna existe completamente aislada de las demás. Cuando una cambia, las otras responden, buscan una nueva forma de equilibrio, igual que ocurre cuando movemos una pieza de un tablero de ajedrez y, aunque solo tocamos una, todas las demás terminan ajustándose.

Si lo analizas las transformaciones más profundas no comenzaron en una reunión, una estrategia o una conversación grupal. Comenzaron dentro de una sola persona y, desde ahí, casi sin que nadie lo notara al principio, todo el sistema empezó a encontrar una nueva forma de acomodarse.

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Porque todo en este momento es fútbol, hoy voy a hablar de Messi