¿Y si descansar también fuera parte del trabajo?

La semana pasada no escribí mi blog.

Y aunque estaba de vacaciones, hubo momentos en los que me sentí incómoda, como si no estuviera haciendo lo suficiente, como si por no estar produciendo, avanzando o tachando pendientes, hubiera dejado de trabajar.

Fue una sensación curiosa porque, si soy completamente honesta, necesitaba esas vacaciones, las había esperado durante meses y necesitaba desconectarme, estar con mi familia, cambiar de ritmo y simplemente descansar.

Entonces me hice una pregunta:

¿Por qué a veces descansar se siente más difícil que trabajar?

Creo que muchos vivimos con la idea de que el descanso es algo que nos tenemos que ganar, primero terminamos todo, cumplimos, resolvemos los pendientes, demostramos que somos productivos y solo entonces, si sobra tiempo y no nos sentimos demasiado culpables, descansamos.

El problema es que llegue ese momento.

Siempre aparece un correo más, una llamada, una idea, un pendiente o una tarea que parece más importante que nosotros mismos.

Y poco a poco empezamos a confundir quiénes somos con lo que hacemos.

Me di cuenta de que una parte de mí seguía creyendo que, si no estaba escribiendo, trabajando o produciendo algo, no estaba aprovechando el tiempo, como si mi valor dependiera de mantenerme ocupada.

Qué fácil es caer ahí.

Vivimos en una cultura que celebra al que siempre está ocupado, al que responde mensajes a cualquier hora, al que nunca se toma vacaciones, al que presume que duerme poco y trabaja mucho.

Pero pocas veces hablamos del costo, el cuerpo cobra factura, la mente también y las relaciones, ni se diga.

Algo que he aprendido tanto en mi trabajo como coach como en mi propia vida es que nuestro sistema nervioso no está diseñado para vivir permanentemente en modo de acción, necesita entrar al estado de recuperación, bajar el ritmo para volver a pensar con claridad, recuperar creatividad, tomar mejores decisiones y simplemente volver a sentirse bien.

No es casualidad que muchas de nuestras mejores ideas aparezcan caminando, leyendo un libro, viendo el mar o durante unas vacaciones. Es justo cuando dejamos de exigirle a la mente que produzca, cuando empieza a crear.

Descansar no es perder el tiempo, es permitir que el cuerpo y la mente hagan el trabajo que no pueden hacer cuando vivimos acelerados.

También pensé mucho en el concepto del merecimiento y la culpa.

¿Por qué sentimos que tenemos que justificar un día libre?

¿Por qué nos cuesta tanto sentarnos sin sentir que deberíamos estar haciendo algo más?

Tal vez porque durante años aprendimos que el descanso era una recompensa y no una necesidad, pero respirar no es una recompensa, dormir no es una recompensa, recuperarnos tampoco debería serlo.

El descanso forma parte del trabajo, así como inhalar forma parte de respirar.

Sin una pausa, tarde o temprano aparece el agotamiento y cuando eso pasa, dejamos de disfrutar incluso aquello que más nos apasiona.

Regresé de estas vacaciones con una decisión diferente.

Quiero dejar de ver el descanso como un lujo o como algo que tengo que justificar y verlo como una inversión.

Porque después de descansar no solo tengo más energía, más paciencia, más claridad, más presencia con su familia, más creatividad para escribir, más capacidad para acompañar a mis clientes.

Y esa versión de mí también trabaja solo que trabaja mejor.

Creo que la productividad no se trata de hacer cada vez más, la verdadera productividad consiste en aprender a alternar entre avanzar y recuperar energía.

Descansar no es abandonar el camino, es tomar el aire que necesitas para poder seguir caminando.

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Cuando una pieza cambia, todo se mueve