¿También nos estresan las cosas buenas?
Hay etapas en las que parece que todo está bien, incluso mejor que bien.
Te mudaste a la casa que querías, te vas de viaje, conseguiste el trabajo de tus seuños, cerraste ese proyecto que tanto te costó, empezaste una relación, tus hijos están bien, estás creciendo, están pasando cosas que llevabas mucho tiempo esperando.
Entonces, ¿por qué estás tan cansado?
¿Por qué te sientes acelerado?
¿Por qué estás más irritable de lo normal?
¿Por qué llega la noche y, aunque estás agotado, tu cabeza sigue prendida?
Y encima aparece otra cosa: la culpa.
“Pero si estoy feliz.”
“Todo está bien.”
“No debería sentirme así.”
Pues resulta que sí, hay algo que no solemos considerar:
Las cosas buenas también pueden estresarnos y ese tipo de estrés incluso tiene un nombre: “eustrés”.
No todo el estrés empieza con algo malo
Cuando escuchamos la palabra estrés inmediatamente pensamos en problemas.
Trabajo, dinero, enfermedad, conflictos, incertidumbre.
Pero el estrés no aparece únicamente cuando algo va mal, también puede aparecer cuando algo cambia.
Aunque ese cambio sea exactamente lo que queríamos.
El endocrinólogo Hans Selye, uno de los grandes referentes en el estudio del estrés, hizo una distinción entre distress , el estrés asociado con efectos negativo y eustress, que se ha utilizado para hablar de la experiencia positiva del estrés ante situaciones desafiantes.
Hoy sabemos que la división no es tan sencilla como “estrés bueno” y “estrés malo”, la manera en la que vivimos una situación, nuestros recursos para enfrentarla, su intensidad y cuánto tiempo se mantiene también importan.
Pero la idea me parece poderosísima:
Algo puede ser bueno para ti y aun así exigirte muchísimo.
Piénsalo.
Una mudanza puede darte una enorme ilusión y al mismo tiempo implicar meses de decisiones, cajas, gastos, pendientes y cambios de rutina.
Un ascenso puede ser exactamente lo que buscabas y traerte nuevas responsabilidades, inseguridades y presión.
Un viaje increíble puede implicar semanas organizando vuelos, maletas, reservaciones y horarios.
Un proyecto nuevo puede emocionarte muchísimo y hacer que no puedas dejar de pensar en él.
Hasta unas vacaciones pueden dejarte agotado.
Porque el cuerpo no lleva una lista que diga:
“Esto es bueno”, no genera estrés, simplemente sabe que están pasando muchas cosas.
Puedes estar feliz y estar saturado
Creo que esta es la parte que más necesitamos recordar.
Dos cosas aparentemente contradictorias pueden ser verdad al mismo tiempo.
Puedes estar agradecido y cansado, emocionado y necesitar silencio, estar viviendo una etapa maravillosa y sentir que no puedes tomar una decisión más, querer profundamente la vida que tienes y necesitar descansar de ella.
Una cosa no invalida la otra.
Pero nos cuesta muchísimo permitirnos esa contradicción, porque cuando las cosas van bien sentimos que deberíamos disfrutarlas.
Y claro que sí.
Pero disfrutar no significa estar disponible, productivo, agradecido y de buen humor las 24 horas del día.
A veces estás feliz.
Y agotado.
Punto.
El problema es cuando no nos damos permiso de parar
Cuando el estrés viene de algo difícil, solemos entender nuestra necesidad de descanso.
“Traigo muchísimo trabajo.”
“Estoy pasando por un momento complicado.”
“Necesito bajar el ritmo.”
Pero cuando viene acompañado de cosas buenas, hacemos algo diferente.
Lo minimizamos, seguimos, metemos otro plan, aceptamos otra invitación, resolvemos otro pendiente, contestamos otro mensaje.
Porque pensamos:
“¿De qué me voy a quejar si todo está bien?”
Y quizá no se trata de quejarte y se trata de reconocer cuánto estás procesando.
Porque hasta lo bueno ocupa espacio.
Hay momentos en los que no necesitas cambiar nada
Esto también me parece importante.
Vivimos en una época en la que, cuando nos sentimos mal, inmediatamente buscamos qué arreglar.
¿Qué hábito tengo que cambiar?
¿Qué estoy haciendo mal?
¿Qué necesito trabajar?
¿Qué me está queriendo decir esto?
Y a veces la respuesta puede ser mucho más sencilla:
Nada está mal, están pasando muchas cosas.
Quizá no necesitas replantearte tu vida y solo necesitas una tarde sin planes.
Dormir, salir a caminar, dejar el teléfono un rato, no tomar decisiones, decir que no a algo que perfectamente podrías hacer, o pasar un domingo sin sentir que tienes que “aprovecharlo”.
No se trata de eliminar el estrés
Tampoco creo que el objetivo sea construir una vida completamente libre de estrés, probablemente sería imposible.
Y quizá tampoco sería deseable, los retos nos activan, nos obligan a aprender, sacan de lugares conocidos, de esa zona de confort, nos hacen crecer.
Hay momentos en los que esa energía extra es justamente la que necesitamos para atrevernos a hacer algo nuevo.
El problema aparece cuando vivimos permanentemente ahí, cuando una cosa termina y empieza la siguiente, cuando llevamos meses diciendo:
“Ya que pase esto, descanso.”
Y pasa eso.
Y aparece otra cosa.
Y luego otra.
Hasta que un día nuestro cuerpo nos obliga a parar de una forma que quizá nosotros no hubiéramos elegido.
Por eso la recuperación no debería existir solamente después de los momentos difíciles.
También necesitamos recuperación durante los momentos felices.
Tal vez necesitas hacerte otra pregunta
La próxima vez que te sientas cansado, acelerado o saturado en una etapa en la que aparentemente “todo está bien”, intenta no empezar con:
“¿Qué me pasa?”
Prueba con:
“¿Cuántas cosas estoy procesando en este momento?”
Porque quizá ahí está la respuesta, no estás triste, no quieres regresar atrás, no significa que tomaste una mala decisión y tampoco significa que no estés agradecido.
Simplemente eres una persona intentando adaptarse a algo nuevo y adaptarnos, incluso a lo que soñábamos, consume energía.
Así que celebra, disfruta, agradece, vive esas cosas buenas que tanto esperaste pero también descansa.
Porque a veces necesitamos recuperarnos no de una mala racha, sino de todo lo bueno que está pasando.