No me voy a esconder para evitar que opines.

Ayer alguien comentó en una publicación mía de LinkedIn: “¿Nariz operada?”

Mi primera reacción fue pensar: ¿qué tiene que ver mi nariz con lo que estoy diciendo? Después me dio risa, pero también me dejó pensando.

Cuando decides exponerte, también decides exponerte a la opinión de los demás, sobre lo que dices, cómo te ves, cómo hablas, cómo te vistes o cómo haces las cosas.

Y no voy a decir que no me importa, porque claro que a veces me importa, hay comentarios que incomodan, otros que te hacen dudar y otros que simplemente te sacan de onda.

Pero estoy aprendiendo algo: que me afecte no significa que tenga que esconderme.

Esto no pasa solamente en redes sociales, pasa cuando te expones en la vida diaria, levantas la mano en una junta, cuando dices que no estás de acuerdo, empiezas un proyecto, pones un límite o simplemente decides hacer las cosas diferente.

Siempre habrá alguien opinando.

Vivimos tratando de evitarlo, terminamos acomodándonos para ser lo que los demás esperan de nosotros. Hablamos menos, mostramos menos, arriesgamos menos. Nos hacemos chiquitos para sentirnos seguros.

Yo también he buscado aprobación muchas veces, también me pregunto qué pensarán, si gustará lo que hago o si voy por buen camino, si lo que escogí de ropa esta bien, la diferencia es que cada vez quiero darle menos poder a esas preguntas.

Porque no quiero dejar de mostrarme por miedo a que alguien opine de mí.

Y hay otra parte de esta historia que me interesa todavía más.

¿Por qué sentimos la necesidad de señalar algo del otro?

Su cuerpo, su cara, su trabajo, su pareja, cómo educa a sus hijos, cuánto gana, si envejeció, si está gordo, si está flaco, si se hizo algo para no envejecer…

Todos lo hemos hecho alguna vez, yo también.

Por eso, más que juzgar a quien hizo el comentario, prefiero usarlo para mirarme yo.

Cuando algo de otra persona me genere tantas ganas de opinar, quiero intentar preguntarme primero: ¿qué me está moviendo esto a mí?

Eso para mí es autoconciencia.

No dejar de sentir, no dejar de tener opiniones y tampoco pretender que nada nos afecta, más bien conocernos lo suficiente para decidir qué hacemos con todo eso.

Yo voy a seguir exponiéndome, aunque a veces incomode, voy a seguir escribiendo, hablando, trabajando y mostrándome como soy.

Porque al final me da mucho más miedo vivir tratando de ser quien los demás quieren que sea, que encontrarme de vez en cuando con un comentario sobre mi nariz.

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