¿Y si trabajáramos como en los 80?
Hay un trend en redes sociales en el que le pides a ChatGPT que te enseñe cómo te verías en los 80.
Obviamente lo hice.
Y después de verme con pelo ochentero me quedé pensando:
¿Cómo sería trabajar en una empresa en los 80?
Sin WhatsApp.
Sin Zoom.
Sin celular.
Sin correos entrando a todas horas.
Teléfono fijo, papeles, juntas presenciales y las primeras computadoras apareciendo en las oficinas.
Y algo que hoy parece un lujo: si salías de trabajar, salías de trabajar.
Claro que tampoco quiero romantizar los 80. Las empresas eran más rígidas, había menos flexibilidad y muchos temas de los que hoy hablamos como bienestar, salud mental o balance de vida, ni siquiera se pensaban, por supuesto que yo no existía en esa época pero me lo han contado...
Hemos avanzado muchísimo.
Hoy podemos trabajar desde cualquier lugar, resolver en minutos lo que antes tomaba días, reunirnos con alguien al otro lado del mundo sin viajar y encontrar casi cualquier información en segundos.
Todo eso está increíble.
Pero estar conectados todo el tiempo también tiene un costo.
La oficina ahora viene con nosotros a todas partes:
En el celular mientras comemos.
En el correo antes de dormir.
En ese “rapidísimo” que contestamos un domingo.
En la notificación que nos regresa al trabajo aunque llevemos horas fuera.
Y nuestro cuerpo no avanzó al mismo ritmo que la tecnología.
Seguimos necesitando parar, aburrirnos, comer sin ver una pantalla, platicar sin revisar el teléfono y descansar sin sentir que deberíamos estar haciendo algo “productivo”.
Por eso, hay algo de los 80 que sí valdría la pena recuperar: no estar disponibles todo el tiempo.
No quiero regresar a la máquina de escribir ni a las hombreras.
Quiero quedarme con toda la tecnología de hoy, pero recuperar algunos límites de antes:
Que una comida sea una comida.
Que un domingo sea domingo.
Que un correo pueda esperar.
Que terminar de trabajar realmente signifique terminar de trabajar.
Evolucionar no siempre significa dejar atrás las cosas viejas y que todo sea nuevo.
Podemos escoger quedarnos con lo qué vale la pena del pasado.