¿Y si nunca te faltó fuerza?
¿Cuántas veces hemos necesitado que alguien más crea en nosotros para empezar a creer en lo que somos capaces de hacer?
Puede ser nuestra pareja, un amigo, nuestros papás, un jefe o alguien que aparece justo cuando estamos pasando por un momento complicado y nos ayuda a salir adelante.
Y qué maravilla tener a esas personas cerca. Personas que nos acompañan, nos escuchan, nos empujan cuando sentimos que ya no podemos más y nos recuerdan de lo que somos capaces cuando nosotros mismos lo hemos olvidado.
Pero hay algo que como seres con conciencia no podemos dejar de cuestionarnos: ¿realmente son esas personas quienes nos dan la fuerza o simplemente nos ayudan a descubrir que siempre la hemos tenido?
Al final somos nosotros quienes tomamos las decisiones, enfrentamos las consecuencias, nos levantamos después de una caída y encontramos la manera de seguir, incluso cuando no tenemos idea de cómo vamos a hacerlo.
Y aun así, muchas veces terminamos creyendo que no hubiéramos podido sin alguien más.
Claro que su compañía pudo haber sido fundamental. Yo misma puedo pensar en muchas personas que han sido importantísimas en diferentes momentos de mi vida y a quienes les agradezco profundamente haber estado ahí.
Pero también creo que tenemos que aprender a reconocer nuestra propia participación en todo lo que hemos logrado superar.
A veces somos mucho más capaces de lo que nosotros mismos creemos.
Y esto no solamente tiene que ver con superar momentos difíciles. Puedes verlo en la manera de relacionarnos, en las decisiones que tomamos y hasta en los trabajos que elegimos mantener.
Pienso mucho en las relaciones de pareja.
En cómo podemos llegar a poner nuestra tranquilidad, nuestra seguridad y hasta nuestra felicidad en manos de alguien más. Esperamos que esa persona nos haga sentir queridos, importantes, suficientes. Y cuando no recibimos lo que esperamos, empezamos a cuestionarnos, a exigir al otro lo que en realidad tendría que venir de nosotros mismos.
¿Qué hice mal? ¿Por qué ya no es como antes? ¿Qué tengo que cambiar para que todo vuelva a estar bien? o ¿Qué tiene que cambiar la otra persona para estar bien?
Y sin darnos cuenta podemos terminar haciendo un esfuerzo enorme por sostener una relación mientras dejamos de escucharnos a nosotros mismos.
Creo que una de las cosas más bonitas de estar en pareja es poder compartir la vida con alguien, disfrutar su compañía, construir proyectos juntos y saber que tienes a una persona con quien contar y con quién compartir.
Pero hay una diferencia enorme entre querer que alguien esté en tu vida y sentir que necesitas a esa persona para poder estar bien.
Y cuando empiezas a entender esa diferencia, cambia por completo tu manera de relacionarte.
Dejas de pensar tanto en lo que necesitas que el otro haga por ti y empiezas a valorar lo que significa tenerlo cerca. Agradeces su existencia, su compañía, lo que construyen juntos y todo lo que esa persona aporta a tu vida.
Porque cuando creemos que necesitamos a alguien para ser felices, estar tranquilos o sentirnos suficientes, le ponemos un peso enorme encima. Le damos una responsabilidad que no le corresponde: la de hacernos sentir bien con nosotros mismos.
Y también nos ponemos un peso enorme a nosotros, porque empezamos a vivir con el miedo de perder a esa persona de la que creemos depender.
Qué diferente es poder decir: Te quiero en mi vida, agradezco que estés aquí y me encanta compartirla contigo, en lugar de sentir, sin ti no sé qué haría.
Para mí, eso no significa querer menos. Al contrario, creo que es una manera mucho más libre de querer.
Y lo mismo sucede en el trabajo.
¿Cuántas veces hemos dejado que nuestra confianza dependa de lo que alguien más opina de nosotros?
Un jefe que reconoce nuestro esfuerzo y sentimos que vamos por buen camino. Otro que nunca parece estar satisfecho y empezamos a dudar de nuestras capacidades.
O ese trabajo donde llevamos años sintiéndonos incómodos, pero del que no nos atrevemos a salir porque pensamos que no encontraremos algo mejor.
Nos acostumbramos a situaciones que ya no disfrutamos, a relaciones que nos desgastan, a lugares donde sentimos que hemos dejado de crecer.
Y muchas veces nos quedamos porque hemos pasado tanto tiempo buscando seguridad afuera que dejamos de confiar en nuestra capacidad de construir algo diferente.
Lo curioso es que, si nos detenemos a pensar, seguramente ya hemos atravesado situaciones que en algún momento creímos que no podríamos superar.
Una pérdida, una separación, un cambio de trabajo, una enfermedad, un fracaso o una decisión que nos daba muchísimo miedo tomar.
Y aquí estamos.
No necesariamente iguales. Algunas experiencias nos cambian por completo, nos dejan cicatrices, nos obligan a empezar de nuevo o a aceptar una vida muy distinta de la que habíamos imaginado.
Pero encontramos la manera de seguir.
Y creo que pocas veces nos damos el crédito que merecemos por eso.
En mi trabajo como coach veo algo que me parece fascinante. Muchas personas llegan buscando respuestas, esperando que alguien les diga qué hacer o les ayude a encontrar el camino correcto.
Y conforme empiezan a hablar, a escucharse y a reconocer lo que realmente quieren, se dan cuenta de que tienen mucha más claridad de la que pensaban.
No es que alguien les haya dado las respuestas. Es que necesitaban un espacio para poder encontrarlas.
Y esto me hace pensar en cuánto tiempo pasamos escuchando lo que otros opinan, esperan o necesitan de nosotros, mientras nuestra propia voz va quedando cada vez más lejos.
Confiar en nosotros mismos no significa tener todas las respuestas, no sentir miedo o creer que podemos con todo solos.
También es saber pedir ayuda, reconocer nuestras limitaciones, equivocarnos y entender que no siempre vamos a tener el control de lo que sucede.
Pero una cosa es necesitar apoyo en determinados momentos y otra muy distinta es creer que no podemos salir adelante sin alguien más.
Yo no quisiera vivir una vida en la que no necesitara a nadie. Me encanta compartir, aprender de otros, sentirme acompañada y tener personas con quienes construir cosas.
Lo que sí quiero es poder elegir desde dónde me relaciono con ellas.
Quererlas porque disfruto tenerlas cerca, no porque tenga miedo de estar sin ellas.
Trabajar con personas porque me entusiasma lo que podemos construir juntos, no porque necesite constantemente su aprobación para sentirme capaz.
Y agradecer profundamente a quienes me han ayudado a salir adelante, sin olvidar que yo también hice mi parte.
Porque cuando reconocemos nuestra propia fuerza, no solamente cambia la manera en la que nos vemos a nosotros mismos. También cambia la manera en la que queremos, trabajamos y nos relacionamos con los demás.
Dejamos de poner sobre otras personas la responsabilidad de sostener nuestra felicidad y empezamos a compartirla con ellas.
Y eso, para mí, hace una diferencia enorme.
Me quedo pensando en todas esas veces que hemos esperado que alguien nos dé la seguridad para tomar una decisión, cambiar algo que ya no nos hace bien o simplemente atrevernos a hacer lo que queremos.
En cuántas cosas hemos dejado de hacer porque no había alguien ahí para decirnos que podíamos.
Y en todas las veces que sí pudimos, incluso cuando pensábamos que no.
A lo mejor nunca nos faltó fuerza. Lo que nos ha faltado es reconocer que también podemos confiar en nosotros mismos.
Y qué diferente puede ser la vida cuando dejamos de buscar en los demás lo que también tenemos dentro.