No esperes a sentirte bien
Hay días en los que simplemente no tienes ganas de hacer las cosas.
No necesariamente estás mal, no pasó nada especial, solo estás cansado, desmotivado, de malas, saturado o con esa sensación difícil de explicar de: hoy no traigo nada de pila.
Y normalmente hacemos algo bastante lógico: esperamos.
Esperamos a tener energía para hacer ejercicio.
A estar motivados para empezar eso que llevamos días posponiendo.
A sentirnos mejor para salir.
A tener ganas de hablar con alguien.
Como si primero tuviera que cambiar algo adentro para después poder hacer algo afuera, muchas veces funciona al revés.
Hace unos días me encontré una imagen que hablaba de cuatro sustancias (hormonas) relacionadas con nuestro bienestar: dopamina, oxitocina, serotonina y endorfinas y proponía cosas tan simples como terminar una tarea pequeña, llamar a un amigo, salir a caminar, recibir un poco de sol o mover el cuerpo.
Me llamó la atención porque eran cosas demasiado sencillas, que podemos hacer en cualquier momento del día y en cualquier lugar.
Claro que nuestro cerebro es muchísimo más complejo que una ilustración. No existen cuatro “químicos de la felicidad” que podamos prender y apagar a nuestro antojo, la dopamina, la serotonina, la oxitocina y las endorfinas participan en sistemas complejos relacionados con la motivación, el aprendizaje, la conexión, el estado de ánimo, el dolor y el bienestar, entre muchas otras funciones.
Pero detrás de esa simplificación hay algo que sí me parece muy poderoso:
Lo que hacemos también puede influir en cómo nos sentimos y eso cambia bastante la conversación.
Por lo general creemos que necesitamos motivación para actuar y cuando actuar puede ser precisamente una de las cosas que empiece a mover nuestra motivación.
Yo lo veo muchísimo en el ejercicio.
Hay días en los que tengo muchísimas ganas de entrenar y otros en los que cero. Pero rara vez termino de hacer ejercicio pensando: “qué mala idea haber venido”.
No necesitaba sentirme increíble para empezar.
Empecé y algo cambió.
Con otros ejemplos pasa parecido.
Terminar ese pendiente que llevas tres días arrastrando y solamente decidir hacerlo, salir diez minutos a caminar, mandarle un mensaje a alguien con quien te gusta hablar, sentarte un rato afuera a que te de el sol, ordenar ese espacio que ya te estaba desesperando, bailar o cantar una canción, respirar, hacer algo pequeño que te dé la sensación de avanzar.
Ninguna de estas. cosas van a solucionar mágicamente lo que te pasa pero nuestro estado interno no está completamente separado de nuestras acciones por lo tanto estas accionando a tu cuerpo.
El movimiento físico, por ejemplo, está asociado con cambios en múltiples sistemas cerebrales vinculados con el estado de ánimo y el bienestar; la conexión social también involucra sistemas relacionados con oxitocina y dopamina. No es tan simple como “haz diez sentadillas y sé feliz”, pero tampoco somos espectadores pasivos de nuestro estado emocional.
Y esta parte me importa mucho, porque no quiero convertir el bienestar en otra obligación, no creo en esa idea de que tenemos que estar felices todo el tiempo, ni que todo se arregla pensando positivo, meditando cinco minutos o saliendo a correr.
Hay días difíciles, hay duelos, hay cansancio, hay etapas en las que necesitamos parar, pedir ayuda o simplemente aceptar que hoy no estamos bien.
Pero entre “tengo que sentirme bien” y “no puedo hacer nada hasta sentirme mejor” existe un espacio enorme.
Y ahí tenemos cierto margen de acción.
La semana pasada escribí sobre la felicidad y sobre cuánto la colocamos en el futuro:
Cuando termine esto.
Cuando consiga aquello.
Cuando cambie esta situación.
Cuando por fin llegue a donde quiero.
Esta semana me quedé pensando en la otra cara de esa misma idea.
Quizá la felicidad no solamente está más cerca de lo que pensamos, también podemos participar un poco más en crear las condiciones para sentirnos mejor.
No controlándolo todo, haciendo algo pequeño cada día.
A veces será mover el cuerpo, otras veces descansar, buscar a alguien. salir al sol, terminar algo, estar en silencio, reírte, respirar, decir que no o dejar de exigirle tanto a un día que simplemente no está siendo fácil.
La pregunta entonces cambia.
En lugar de preguntarme:
“¿Cuándo me voy a sentir mejor?”
puedo preguntarme:
“¿Qué puedo hacer hoy que ayude, aunque sea un poco, a cambiar cómo me siento?”
A veces hacer algo diferente es justo donde empieza el cambio.