Cuando el impostor se sentó junto a mi
Hubo un momento en mi vida en el que el impostor me hablaba todo el tiempo.
Yo había hecho una pausa en mi carrera profesional para dedicarme a lo más importante para mi: ser mamá. Pasé años cuidando, acompañando, viviendo etapas irrepetibles con mis hijos. Y cuando llegó el momento de regresar a trabajar, me topé con “El síndrome del impostor”.
La primera reunión, el primer proyecto, la primera vez que volví a presentarme como “profesional” después de esa pausa, la voz apareció:
“El mundo avanzó y tú te quedaste atrás, ya estás grande.”
“Ya no tienes nada que aportar, eres una ama de casa.”
“¿Quién eres tú para sentarte otra vez en esta mesa? ni al caso”
Ese es el síndrome del impostor: la incapacidad de reconocer tu propio valor, aunque tu vida esté llena de evidencia de que sí lo tienes.
Lo curioso es que, en esa pausa, había desarrollado las mejores habilidades de mi vida:
Resolución de crisis en segundos, porque manejar berrinches es básicamente gestión de riesgos.
Capacidad de negociación ¿alguna vez intentaste convencer a un niño de comer verduras?.
Resiliencia y paciencia infinitas.
Y aun así, sentía que no era suficiente.
Ese día entendí algo: el impostor no aparece porque seas incapaz, aparece cuando estás cruzando una frontera interna, cuando entras a un terreno nuevo, cuando sales de tu zona de confort y es tu cerebro diciendo: “Esto da miedo porque no lo conozco”.
La trampa está en creer que ese miedo significa que no puedes y en realidad, significa que estás creciendo.
Con el tiempo aprendí a escuchar esa voz de otra manera, a decirle: “Gracias por recordarme que estoy creciendo, aprendiendo, saliendo al mundo y si me hablas, es porque estoy en un reto que me llevará a otro nivel.”
Y aquí estoy, acompañando a otros a reconocer que no son impostores, sino personas en expansión.
La próxima vez que aparezca esa voz en tu cabeza, pregúntale:
¿Qué nuevo nivel estoy alcanzando para que vengas a visitarme?
No eres un fraude.
Eres alguien que está en expansión.