La nueva palabra de moda, y lo que realmente significa “Antifragilidad”

Durante mucho tiempo nos enseñaron que había que ser fuertes, aguantar, resistir, mantener la cara en alto aunque por dentro todo se estuviera cayendo. Ser fuerte era un halago, hasta que descubrimos que tanta fortaleza también cansa.

Después vino la ola contraria: la vulnerabilidad, aprendimos que mostrarse, abrirse y sentir también era una forma de valentía. Llorar o decir “no puedo” dejó de ser un signo de debilidad, y eso fue liberador.

Más tarde llegó la resiliencia, nos enseñó a rebotar, a volver a ponernos de pie después de una crisis o un cambio inesperado. Pero había un detalle: la resiliencia busca volver al estado anterior, y a veces, después del caos, ya no queremos regresar al mismo lugar, porque el dolor transforma, el cambio transforma, y no siempre se trata de volver a ser la misma persona, sino de evolucionar.

Ahí entra un término que cada vez escuchamos más: antifragilidad, Nassim Nicholas Taleb en su libro Antifragile. Taleb dice: “Lo frágil se rompe con el caos, lo robusto lo resiste, lo antifrágil mejora gracias a él”.

Ser antifrágil no es ser fuerte en el sentido tradicional ni solo recuperarte como en la resiliencia, es crecer a través del cambio, usar el caos como motor y volver distinto, no igual. Es cuando una pérdida te hace más compasivo, un error te vuelve más sabio o una crisis te obliga a reinventarte.

Si lo pensamos, hemos evolucionado en cómo entendemos la fuerza: primero era aguantar, luego sentir, después recuperarte, y ahora transformarte. De eso se trata la vida, de dejar de resistirla y empezar a usarla como entrenamiento.

No se trata de no romperte, sino de romperte mejor, de reconstruirte con conciencia y salir del caos más sabio, más flexible y más vivo que antes.

“Ser resiliente te permite sobrevivir”.

“Ser antifrágil te permite evolucionar”.

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Volver a ti, aunque ya no seas la misma persona