Cuando el arte y el coaching hacen su magia y los equipos se transforman

No sé cómo explicarlo mejor: hay cosas que ningún PowerPoint puede lograr.
Y lo vi clarísimo esta semana, en un workshop que facilitamos donde el arte fue el protagonista.

No era un taller “de arte”, era una experiencia de autoconexión y team building. Pero la diferencia estuvo en el cómo: dejamos de lado las palabras por un rato y entramos directo al color, a la textura, al gesto.

Y lo que pasó fue… mágico.

Del control al juego

Al principio, como suele pasar, todos llegaron con cara de “¿qué es esto?”.
Algunos escépticos, otros un poco incómodos, y varios tratando de entender por qué tenían frente a ellos un lienzo y pintura.

Pero apenas empezaron a crear con pocas instrucciones, sin juicios algo cambió.
Las risas aparecieron, las miradas se relajaron y de pronto había colaboración donde antes había distancia.

Ese momento en el que ves cómo la gente baja las defensas y sube la energía
eso es lo que más amo de mi trabajo.

El arte tiene ese poder: saca a la gente de la cabeza y la lleva al presente.
Y en ese estado, la conexión humana se vuelve inevitable.

El arte abre espacios donde las palabras no llegan

En coaching lo veo todo el tiempo: la mente puede resistirse, pero el cuerpo no miente y cuando un grupo se permite crear desde un lugar no racional, se libera algo profundo.

El arte tiene esa capacidad de conectar a las personas sin decir una sola palabra.
De poner a todos en el mismo plano.
De recordarnos que la creatividad no es un lujo, es parte de nuestra naturaleza.

Y cuando la creatividad entra en juego, la colaboración también.

No se trata del resultado final, no importa si el dibujo es “bonito”, se trata de lo que pasa mientras lo haces: cómo respiras, cómo te escuchas, cómo te conectas con el otro.

El arte como puente

El arte como el coaching no es “una actividad para relajar o deshagoarse”, es una herramienta poderosa para abrir el corazón antes de trabajar con la mente y cuando los equipos se dan permiso de estar en ese espacio. sin miedo a equivocarse, el aprendizaje se multiplica.

He visto una y otra vez cómo el arte desarma egos, construye puentes y conecta a las personas en su parte más humana.

Por eso, cada vez estoy más convencida de que este tipo de experiencias no son “detalles bonitos” dentro de un programa, sino el terreno fértil donde todo lo demás florece.

Cierro con esto

Cuando un equipo se permite crear juntos, algo se alinea, no con la cabeza, sino con el corazón y cuando el corazón entra en juego, los resultados se multiplican.

Así que sí, puedo decir que este workshop fue un éxito pero no por las obras que salieron, sino por la energía que se movió.
Porque el verdadero arte está en crear conexión, presencia y propósito.

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