Agradece…suena a cliché pero es verdad

Hoy voy a hablarte directo, como me gusta, sin maquillar nada: vivimos tan rápido que lo esencial se nos vuelve indiferente. Te despiertas, tu cuerpo se mueve, tienes algo para desayunar, hay gente que te quiere, tienes salud suficiente para trabajar, crear, pensar, reinventarte… y aun así, lo damos por hecho. No por ingratitud, sino por costumbre, por ese piloto automático que te empuja a resolver lo que sigue sin mirar lo que ya está.

Y esto no lo digo desde la cursilería ni desde el “todo es un milagro”. Lo digo porque agradecer, de verdad, es una herramienta brutal para centrarte, para bajarle el volumen al estrés, y para recordar que nada es permanente: ni lo bueno, ni lo malo, ni lo que hoy te pesa, ni lo que hoy te sostiene.

Agradecer no significa conformarte, ni quedarte quieto, ni usar la gratitud como excusa para no incomodarte, no va por ahí. La gratitud real no te duerme, te despierta, no te frena, te hace avanzar, no te vuelve pasivo, te vuelve consciente de tus recursos internos y de la fuerza que ya tienes.

Vivimos con el sistema simpático prendido todo el día, en modo alerta constante, como si hubiera una urgencia eterna, así, lo que sí funciona se vuelve invisible: tu cama, tu cuerpo que te responde, tu resiliencia que ha salido al rescate tantas veces, tu capacidad de seguir aprendiendo, tus oportunidades presentes, tu propia valentía para pasar por cambios, duelos o transiciones, todo eso se te olvida porque la mente está ocupada resolviendo el “qué sigue”.

Pero el punto es este: cuando no agradeces nada, todo parece insuficiente; cuando agradeces mal, te conformas; cuando agradeces bien, reconoces dónde estás y te das permiso para decidir hacia dónde quieres ir y eso es lo que debemos buscar “consciencia”.

Esa es la diferencia, gratitud como motor, no como freno, como claridad, no como resignación.

Lo veo mucho: equipos desgastados que han logrado muchísimo y no lo saben, líderes agotados que no se detienen a mirar todo lo que ya construyeron, pequeñas empresas creciendo tan rápido que olvidan celebrar el avance porque están demasiado enfocadas en apagar incendios. La pausa para agradecer cambia la energía del equipo, alinea, calma., ordena y da perspectiva.

Y cuando una empresa se siente bien, su gente también.

El recordatorio de que “todo cambia” no debería generar miedo, sino libertad, para soltar, para reinventarte, para actualizar tus decisiones, para dejar de cargar culpas viejas, para no casarte con versiones anteriores de ti mismo que ya no te representan. Agradecer sin aferrarte es madurez emocional y aunque a veces incomoda, también abre un espacio enorme para la evolución personal.

La resiliencia no nace de ignorar lo que duele, nace de recordar lo que sí tienes para enfrentarlo. Tu cuerpo, tu mente, tus recursos, tu historia, tu aprendizaje, tu red de apoyo. A veces lo único que necesita tu sistema nervioso para bajar revoluciones es que tú mismo te recuerdes que hay cosas que hoy sí están funcionando, aunque mañana cambien.

Así que hoy quiero dejarte una invitación sencilla, práctica, muy de mi estilo: nota tres cosas que tienes ahora mismo, tres cosas que en algún momento deseaste tener, tres cosas que parecen pequeñas pero te sostienen más de lo que crees. Obsérvalas, respira un par de veces, y pregúntate si desde ese lugar, más presente, más consciente, más agradecido, puedes tomar una mejor decisión mañana.

Porque la gratitud no te quita hambre de crecer, te da dirección. No te baja el ritmo, te da claridad. No te duerme, te despierta. Y en un mundo donde todo cambia, tener claridad es oro.

Anterior
Anterior

Tu ikigai no se encuentra: se reconoce

Siguiente
Siguiente

¿Qué es lo que realmente te detiene?