Tu ikigai no se encuentra: se reconoce

Te voy a decir algo incómodo pero necesario:
no estamos agotados porque trabajamos mucho… estamos agotados porque trabajamos sin sentido.

Eso fue lo que me hizo pensar mucho el otro día cuando volví a leer sobre el ikigai. Y no, no como ese gráfico que segusro has visto con cuatro círculos perfectos (que ni los japoneses usan).
Estoy hablando del ikigai real: esa razón silenciosa que te hace levantarte por la mañana aunque nadie te vea. Ese “para qué” que no necesita aplausos ni reconocimientos, pero que te sostiene por dentro.

Y hoy quiero hablarte desde ahí.
Desde ese punto donde hombres y mujeres, personas reales, con trabajos, familias, responsabilidades y dudas, sentimos que algo ya no cuadra del todo.
Ese punto donde te preguntas:
¿Esto es lo que quiero seguir haciendo? ¿O ya no me mueve como antes?

En Japón, el propósito no es raro; es cotidiano

Cuando entrevistaron a personas longevas en Okinawa, uno de los lugares donde más gente vive más de 100 años, algo llamó muchísimo la atención:
nadie hablaba del propósito como algo gigantesco.

Su ikigai eran cosas como:

“Cuidar mi jardín.”

“Jugar con mis nietos.”

“Seguir siendo útil.”

“Hacer lo que disfruto todos los días.”

Nada de discursos motivacionales, nada de reinvenciones drásticas, nada de “da un salto al vacío”.

Más bien un hilo constante de pequeñas razones que juntan significado con presencia y eso tiene evidencia detrás: estudios de longevidad muestran que las personas que sienten que su vida tiene un “para qué”, aunque sea pequeño, viven más, con menos estrés y con mayor bienestar.

Entonces, ¿por qué a nosotros se nos complica tanto?

Porque crecimos con la idea de que el propósito debe ser, grande, ruidoso, perfecto, rentable y con impacto.

Pero cuando acompañas a gente en procesos de transición, como lo hago en coaching, te das cuenta de que la verdadera desconexión no es profesional, es energética y te explico, no es que “no sepas qué quieres”, es que te desconectaste de lo que te hace sentir vivo por dentro lo que te da oxígeno y ahí es donde empieza el trabajo, buscar qué es eso que te conecta.

Cuando una persona entra en transición, no está perdida: está desconectada

Cuando alguien llega conmigo porque cambió de rol, salió de su empresa, está viviendo burnout o está a punto de retirarse, la pregunta casi nunca es laboral.

La pregunta real suele ser:
¿Qué parte de mí siento que estoy perdiendo?

Y para responder eso, hago algo muy simple pero muy poderoso:

Te pregunto qué disfrutas sin esfuerzo.

Qué cosas te llenan en vez de drenarte.

Qué actividades te dejan en paz.

Qué valor aportas casi sin darte cuenta.

Qué sí te da energía para empezar el día.

Ahí, sin tanta teoría, empieza a asomarse tu ikigai, pequeño, honesto y, sobre todo, personal.

¿Y las empresas? También necesitan un ikigai

Aquí hablo tanto a líderes como a equipos, porque he visto esto una y otra vez en empresas y equipos, cuando la gente encuentra un “para qué” adentro de la empresa, la energía cambia, y un equipo conectado, toma mejores decisiones, se comunica mejor, es más creativo y sostiene el crecimiento con menos desgaste. Un equipo desconectado hace todo lo contrario.

El ikigai corporativo no es un statement en la pared.
Es cuando cada persona entiende por qué hace lo que hace y siente que sirve para algo más que cumplir un horario o un KPI.

Cómo empezar a descubrir tu ikigai (sin complicarte la vida)

  1. Observa tus micro-alegrías.
    Las cosas pequeñas que te gustan más de lo que admites.

  2. Detecta qué te da energía.
    Si tu cuerpo se expande, vas bien, si se contrae, escúchalo.

  3. Pregúntate dónde aportas valor naturalmente.
    Lo que para ti es obvio, para otros implica más esfuerzo.

  4. Hazlo cotidiano.
    El ikigai se practica, todos los días.

  5. Si estás en cambio o transición, no lo atravieses solo.
    La claridad se acelera cuando alguien te acompaña a ver lo que tú ya no estás viendo.

Anterior
Anterior

Cuando tu vida pide oxígeno y no te das cuenta

Siguiente
Siguiente

Agradece…suena a cliché pero es verdad