Lo que realmente implica un “no lo tengo claro”

Hay algo muy desgastante en quedarse en “stand by”, en el trabajo, en amistades, en decisiones importantes, en sociedades, incluso con nuestras propias reflexiones.

Todos hemos estado ahí alguna vez, en ese lugar raro donde nada termina de romperse pero tampoco termina de avanzar, esa zona gris que vive entre un “déjame pensarlo”, un “más adelante vemos”, un “ahorita no sé” o un “hoy no… pero tal vez mañana”.

Y aunque racionalmente entendemos que todos tenemos derecho a dudar, la ambigüedad sostenida desgasta muchísimo, mucho más de lo que creemos. A veces incluso más que un “no”, porque un “no” duele, claro, pero también ordena, aterriza, te obliga a procesar, te permite dejar de vivir imaginando posibilidades infinitas.

La falta de claridad hace exactamente lo contrario, te deja volando, como si una parte de tu energía se quedara atrapada esperando una respuesta, una conversación, una decisión o una claridad que nunca termina de llegar.

Y esto pasa muchísimo más de lo que creemos.

Pasa esperando un ascenso que “ya casi viene”, un aumento de sueldo que “más adelante revisamos”, una liquidación que tarda en decidirse, una llamada que no llega, una conversación pendiente, una relación que no avanza pero tampoco termina, una sociedad donde nadie dice realmente lo que piensa. Incluso pasa con nosotros mismos cuando sabemos desde hace tiempo que algo ya no se siente bien pero seguimos postergándolo porque enfrentarlo implicaría movernos demasiado.

Por eso vivir en “stand by” cansa tanto, porque la mente no descansa cuando algo sigue abierto. Empieza a interpretar silencios, cambios de tono, distancias, actitudes, señales, y termina llenando los espacios vacíos con historias que muchas veces ni siquiera son reales.

Todos hemos estado de los dos lados, porque también hay que aceptar que muchas veces somos nosotros quienes dejamos a otros en esa zona gris. No necesariamente por mala intención, sino porque ser claros cuesta muchísimo. Sobre todo en la CDMX, donde tenemos fama de no saber decir un “no” y esto en empresas con presencia en diferentes estados, puede ser un problema grande de comunicación.

Cuesta decir que no, cerrar puertas, decepcionar, tener conversaciones incómodas, responsabilizarnos de lo que implica una decisión clara. Y muchas veces ni siquiera es algo consciente o mal intencionado, es costumbre.

Entonces dejamos pequeñas esperanzas abiertas, posibilidades vivas, porque en el fondo también nos tranquiliza sentir que no estamos cerrando del todo.

El problema es que lo que para una persona puede sentirse como “solo necesito tiempo”, para la otra puede convertirse en desgaste, inseguridad y confusión constante. Vivir demasiado tiempo interpretando señales agota.

Y creo que ahí, en esa zona gris, en ese “stand by”, es donde muchas relaciones, amistades, dinámicas de trabajo e incluso equipos completos empiezan a fracturarse, por una verdad que nunca termina de decirse.

Líderes que sin darse cuenta mantienen equipos enteros en incertidumbre, personas esperando meses saber si siguen, si crecen, si son valoradas, si tienen futuro dentro de un lugar. Y aunque parezca menos duro no decir las cosas directamente, la ambigüedad termina desgastando mucho más que una verdad incómoda.

También he aprendido algo importante, la claridad muchas veces no aparece antes del movimiento, aparece después. Después de la conversación incómoda, de poner el límite, de tomar una decisión, de atreverte a dejar de vivir eternamente esperando la certeza así que muévete, decide, pon ese límite y verás como todo empieza a tomar forma y sentido.

Lo que realmente duele es quedarse atrapado demasiado tiempo en algo que nunca termina de definirse.

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Escucha a tu cuerpo antes de que grite