El cuerpo grita si no lo escuchas

La semana pasada me enfermé, nada grave, un virus, una infección, varios días sintiéndome bastante mal, pero les voy a decir qué fue lo que más me llamó la atención: perdí la voz.

Y para alguien que vive hablando, dando sesiones de coaching, talleres, clases de yoga y teniendo conversaciones todo el día, quedarse sin voz es una experiencia bastante particular, por no decir frustrante.

Al principio hice lo que hacemos muchos, seguir, tomar algo para la garganta, descansar un poco, reorganizar un par de cosas y regresar rápido a la rutina, pero mi cuerpo tenía otros planes porque cuando la voz no sale, simplemente no sale.

No importa cuánto quieras trabajar, producir o cumplir con todo lo que tienes pendiente, estuve obligada a bajar el ritmo, hacer una pausa y frenar. Mientras estaba sentada en mi casa cancelando clases, posponiendo reuniones y descansando más de lo habitual, no pude evitar preguntarme varias cosas, porque me gusta encontrar significado en lo que vivo.

¿Por qué me cuesta tanto permitirme una pausa?, ¿por qué siento que tengo que seguir incluso cuando mi cuerpo claramente me está pidiendo algo diferente?, ¿qué me está intentando decir?

No es que crea que cada síntoma tenga una explicación mágica, pero sí creo que el cuerpo suele expresar lo que la mente lleva mucho tiempo negociando, porque al final somos un todo, cuerpo, mente y espíritu.

Y si soy sincera, llevaba varios meses atravesando pequeñas dosis de estrés, nada extraordinario, proyectos nuevos, decisiones importantes, cambios, algunas preocupaciones familiares, pendientes acumulados y esa sensación que conocemos bien muchos adultos: seguir funcionando porque todavía puedes.

Hasta que un día el cuerpo dice:

"Ya entendí que no me vas a escuchar, entonces voy a gritar."

Creemos que descansar es algo que hacemos como premio, cuando terminamos todos los pendientes, pero la realidad es que los pendientes nunca terminan.

Siempre hay otro correo, otra llamada, otra responsabilidad, otra cosa que resolver y por eso el descanso no puede ser una recompensa, tiene que ser parte del proceso.

Esta semana apliqué algo que les digo a mis clientes, no siempre se trata de empujar más fuerte, a veces necesitamos soltar el acelerador.

Vivimos en una cultura que admira la productividad constante, pero pocas veces habla de la recuperación, admiramos a quien nunca para y pocas veces admiramos a quien sabe cuándo hacerlo.

Sin recuperación no hay resiliencia, sin pausas no hay claridad, sin descanso no hay energía que dure.

¿Y qué fue lo que aprendí?

Que mi voz regresará, que mis pendientes seguirán ahí, que el mundo siguió funcionando mientras yo descansaba unos días y que no pasó nada, salvo algo bastante importante: me recuperé.

Y esa fue la lección más valiosa de todas.

Porque creer que si bajamos el ritmo todo se va a caer, cuando rara vez pasa, lo que sí pasa es que cuando hacemos una pausa consciente regresamos con más claridad, más presencia y más energía que cuando seguimos avanzando agotados.

Descansar no es perder tiempo, es escuchar al cuerpo antes de que tenga gritarte para llamar tu atención.

Porque cuando lo escuchamos a tiempo ganamos algo mucho más valioso que productividad, ganamos energía, claridad y bienestar.

No te esperes a quedar sin voz para darte permiso de parar.

Siguiente
Siguiente

En un mundo dónde la comunicación está tan a la mano ¿Por qué nos sentimos tan solos?