Nuestra energía no es ilimitada
Hay algo que empiezas a notar con el tiempo: ya no pones la energía en cualquier parte.
Puede ser porque, por fin, entiendes que no es infinita, es limitada.
Cuando somos más jóvenes, sentimos que nos alcanza para todo. Para trabajar, salir, aceptar planes, empezar proyectos, conocer gente, resolver problemas, ayudar, estar disponibles y volver a decir que sí al día siguiente, te quieres comer el mundo.
Y muchas veces ni siquiera nos detenemos a pensar dónde estamos poniendo esa energía, simplemente la usamos y seguimos.
Pero con el tiempo generalmente algo cambia.
Empiezas a darte cuenta de que hay cosas que pueden quitarte horas y, aun así, dejarte mucho. Un proyecto que te entusiasma, una conversación que te vuela la cabeza, un reto que te obliga a crecer o una comida con alguien de la que sales con veinte ideas nuevas.
Pero también empiezas a notar que hay otras cosas que no te quitan tanto tiempo, pero te dejan completamente drenado.
Poco a poco, vas reconociendo mejor la diferencia.
Y esto se nota en varios aspectos de la vida por ejemplo la manera de liderar.
Ya no se trata de estar en todas las juntas, contestar cada mensaje o meterte en todos los problemas. Empiezas a tener más claro dónde realmente hace una diferencia que estés y dónde estás participando simplemente por costumbre.
También empiezas a elegir mejor a qué le dices que sí.
Porque cada “sí” ocupa un espacio.
Ese proyecto que aceptaste compite con otro, esa junta compite con una hora para pensar. Ese problema que decidiste resolver por alguien más compite con algo que probablemente solo tú puedes hacer.
Y lo mismo pasa fuera del trabajo.
Con las personas, los compromisos, los planes, las conversaciones y todas esas cosas que seguimos haciendo sin saber muy bien por qué.
Nada es bueno ni malo, tampoco porque tengamos que empezar a clasificar a las personas entre las que “suman” y las que “restan” en mi opinión todas las personas tienen algo que enseñarte y sumarte.
Simplemente llega un momento en el que empiezas a ser más cuidadoso con algo que antes parecía inagotable:
“tu energía”.
Por lo tanto decir que no empieza a significar algo distinto.
Ya no necesariamente se siente como perderte algo, quedar mal o cerrar una puerta, muchas veces es la forma de dejar espacio para aquello a lo que de verdad quieres decir que sí.
Probablemente es la forma más clara de madurez emocional: reconocer que no tienes energía para todo y aprender a usarla con eficiencia.